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diumenge, 25 de juny de 2017

¡QUIERO UNA HISTORIA!









 


En cursos y talleres de novelas de estos que se ofrecen hasta en los tenderetes de ferias, hay algo que tal vez por obvio se suele dejar de lado, algo que todos mis alumnos que han pasado antes por otras experiencias didácticas les sorprende. No siempre positivamente. Os voy a contar el caso de una alumna que me dijo (hace muy poco), que ella no pagaba por hacer el payaso, que lo que quería era aprender la técnica de escribir, los recursos… ¿cómo lo dijo? Sintacticogramaticales o algo que sonaba de manera parecida, y que se sentía engañada con mi método.


Yo, sin perder los nervios (y eso que últimamente suelo perderlos), le contesté que mucha gente, muchísima, sabe escribir, pero que muy pocos tienen una historia y aun son menos los que, teniéndola, saben contarla. Que eso era lo que íbamos a trabajar juntos, su historia, mostrarle un nuevo enfoque, abrir nuevas puertas y ventanas, y reorganizar el espacio para que su trama se reforzara tras cada página.


Ella, seria, iba haciendo que no con la cabeza y la mirada gacha (la conexión era por Skype), rostro imperturbable como el que regatea en un mercado persa. Entonces fue cuando le dije y espero que no se me enfade si me lee (seguro que me está leyendo), que escribía muy bien, que pocos recursos sintacticonosequé necesitaba aprender ni conmigo ni en ningún lado, pero que solo escribiendo bien nunca iba a publicar sin rascarse el bolsillo y recurrir a la autopublicación..


Me miró aturdida, asombrada, molesta, y entonces me hizo la pregunta, eso que ella se guardaba como un as en la manga para derrotarme, que cuales eran mis estudios, mis títulos, mi carrera. Lo dijo mirándome cómo mira uno de los contrincantes en un duelo al otro cuando éste ya ha bajado su guardia, con soberbia, orgulloso, vencedor, (sí, así me miraste), y su brillo de ojos aumentó hasta casi deslumbrarme cuando le confesé eso que, ella que seguramente me había investigado por Google, ya sabía, que nada, que no tenía ningún estudio, ni título, ni carrera, y fue entonces cuando me remató que cómo pretendía enseñarle a escribir yo a ella con carrera y doctorado y que, si tenía decencia que le devolviera el dinero y dejara de embaucarla. Textual.

No reaccioné, no por herido, ya que dejar los estudios a los dieciséis años no es nada que me hiera, sino por inesperado. Desconocía que me habían retado a duelo, yo solo pretendía acompañarla en el maravilloso mundo de escribir una novela, de inventar, tramar y contar una historia, eso con lo que me gano la vida desde hace más de diez años y treinta títulos publicados. Simplemente le dije que de acuerdo, que no se preocupara que sin falta le retornaría hasta el último céntimo y ya no hubo tiempo para replicarle nada, (tampoco había nada que replicarle), simplemente me hubiera encantado darle un consejo, que no es mío, sino de Rainer Maria Rilke, que solo se puede escribir desde la necesidad de hacerlo, si sientes la necesidad de contar algo y que ese algo, irremediablemente, debe de nacer de tu interior, crearlo, que de poco o de nada servirán todos los recursos sintacticonosequé del mundo sin una historia que desees y necesites contar.     


 


 


 





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