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diumenge, 23 d’octubre de 2016

RARAMENTE UN AUTOR PUEDE VIVIR DE SUS OBRAS




 

La primera vez que me vi cara a cara con una editora fue en Cruïlla, el sello catalán de SM. Me acababa de presentar al premio Gran Angular, creo del 1994. Su editora era entonces Gemma Lienas y la impresión que me llevé nunca me ha abandonado.

Pasado un tiempo del fallo del jurado llamé a la editorial para recuperar los originales y poderlos llevar a otro concurso (el coste de impresiones y encuadernaciones era algo que entonces agravaba demasiado mi débil economía, bueno, como ahora). Cuando le comuniqué mi intención a la secretaria, un silencio seguido de murmullos anticipó que me iba a pasar a Gemma Lienas. Mi corazón me dio un brinco: ¿con la Lienas? ¿De verdad? ¿No era una broma? Se puso y, amablemente, con dulzura, con ese tono de voz al que las personas sensibles que rompen sueños se habitúan, me comunicó que mi obra no había ganado pero que el jurado la había valorado mucho y que corrigiendo algunas cosillas se podía publicar. Me citó en su despacho y ese día empecé primero a volar, después a abrir los ojos a la realidad: “rara vez un autor puede vivir de sus obras” me dijo cuando yo le comuniqué que quería ser escritor profesional y vivir de mis libros, que no era justo ni normal que si yo producía una materia primera capaz de mantener económicamente a un sector de tanta importancia como el del libro, que parecía una broma de mal gusto que quién produce el primer producto tenga, a la vez, que ser profesor, fontanero o abogado. “Las editoriales subsisten gracias al conjunto de unas obras, no gracias a ellas individualmente…” Yo salí de esa reunión con un contraste de sensaciones. De un lado la felicidad de que gracias a mi obra una reputada editora fuera capaz de concentrarme e interesarse por mi obra, por el otro con la furiosa intención y descaro de no hacerle caso y vivir de mis libros.



 



Hoy, 23 de octubre del 2016, veintidós años después, pese a la incontinencia de las editoriales a publicar título tras título, pese a la incontinencia de profesores, abogados y fontaneros a escribir libro tras otro, pese a la incontinencia de saciar Amazon con obras autopublicadas y regalarlas para así poder sumar alguna venta, pese o gracias a todo esto, puedo presumir y decir que mi nombre está entre esos que me citó Gemma Lienas veintidós años atrás, esos que raramente pueden vivir de sus obras.

 

 

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